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La educación "camporizada"

TODAVÍA TENGO BIEN presente los días en que como estudiante de periodismo observaba extrañado el empeño de mis profesores con el cual, afanosamente, hacían campaña a favor de Binner, es decir, para que éste obtuviera entonces la gobernación que hasta hoy ostenta. “No puede ser que toda la vida el peronismo gobierne la provincia”, decían. Mi sorpresa, sin embargo, no tendría límites toda vez que, de golpe y porrazo, prácticamente todo el mundillo docente se enroló tras las huestes del kirchnerismo, tornando en meros mítines políticos las clases que bien habrían servido para aleccionar al alumnado en materia de técnica periodística (cosa que brilla por su ausencia absoluta). [4]
     Hoy mismo apareció un profesor con la idea de hacernos ver un video “muy interesante” sobre un tema “de actualidad”. Ya son muchos los “videos de actualidad” que tuve que comerme en mis más de cuatro años de estudiante… y siempre es la misma historia de “jóvenes idealistas” que mientras que degustaban inocentemente sus coloridas chupaletas fueron atrozmente acribillados por un convoy de rancios militares que no toleraban que hubiera gente de pensamiento distinto. En esta ocasión – la más alevosa de todas – el tierno Robin Hood de la historia sería el ex Presidente Héctor José Cámpora.
     No es preciso ser brillante para darse cuenta que la intención subrepticia de interrumpir la clase para “encajarnos” un documental sobre la mediocre vida de Cámpora (del año 1999, producido por Página 12) no es otra que la de legitimar y publicitar al actual movimiento kirchnerista “La Cámpora”, que, como vemos, obtiene su nombre mediante una rara homosexualización del recuerdo del ex Presidente. Fuertemente favorecido por la billetera oficial (cuyo dinero, por supuesto, es el que produce el pago de nuestros impuestos), el movimiento “La Cámpora” no sólo se postula como una simple facción partidaria sino que, por colmo, es noticia que ha pasado a controlar nada más y nada menos que todo el espacio aéreo de Argentina [1]. ‘La Cámpora’ hizo ingresar ya a centenares de militantes en el negocio aéreo en todo el país, ante lo cual es dable preguntarse: ¿cuántos incapaces e inútiles están ocupando importantes puestos de trabajo en el Estado sólo por una decisión política y no por una cuestión de aptitudes y capacidades?”, señala en una de sus editoriales de La Prensa Popular Agustín Laje Arrigoni [2].
     El documental “Cámpora al Poder – 49 días de ilusión”, que es lo que me moviliza en esta oportunidad, ilustra inmejorablemente el esfuerzo oficial por observar la historia reciente con un solo ojo. Considero como a un “chantaje” por parte del establecimiento educativo hacia sus alumnos habernos hecho perder nuestro valioso tiempo para ver tamaña estupidez. El documental pretende una viscosa exaltación de una de las figuras más enaltecida y desenfadadamente mediocres de la historia argentina, como lo es la figura de Héctor Cámpora – un ser incapaz de hilar una frase inteligente, un ser visiblemente amputado de facultades cerebrales. Se llega, incluso, a victimizarlo en desmedro del mismo General Perón, a quien se le reprocha haberlo “ninguneado” en reiteradas ocasiones (quién no habría de ningunear a tamaño vestigio de vergüenza humana).
     De la misma manera que en vida fuera utilizado el Presidente Cámpora por organizaciones facciosas, evidentemente lo sigue siendo aún después de muerto, siempre que su recuerdo es usado para degenerar aún más esa lente enferma con que se mira al pasado, ahora - para colmo - para "camporizar" la educación . En el documental que nos “encajaron” en la clase de Periodismo se afirma - como cosa buena - que la primera medida de Cámpora fue liberar a los más de 2 mil “presos políticos” que habían sido capturados por la dictadura anterior; en ningún lado, sin embargo, se insinúa que esos “presos políticos” se trataban de terroristas peligrosísimos que en cualquier país del mundo hubieran sido condenados a muerte. Anteriormente se menciona el desastre de Trelew, donde las FF.AA. “torturaron” y “masacraron” a unos cuántos reos que habían intentado escapar de la cárcel; muy poco se menciona, empero, que dicha “masacre” es la consecuencia de una fuga escandalosa del Penal de Rawson donde sólo huyeron seis de los 110 que intentaron evadirse, entre los primeros – tampoco se menciona – nada más y nada menos que uno de los mayores homicidas terroristas que haya existido en América: Roberto Santucho (hoy recordado como héroe y como víctima por la historia oficial). Llama poderosísimamente la atención que el documental con el que nos faltaron el respeto a todos los estudiantes mencione el verbo “asesinar” siempre que un militar diera muerte a un faccioso, mientras que utiliza la expresión “ajusticiar” toda vez que un subversivo asesinara a un oficial del Ejército mediante un atentado terrorista. Por lo tanto, queda de manifiesto la clara aprobación del accionar criminal subversivo. Por si esto fuera poco, absolutamente en ningún momento se hace mención del vocablo “terrorista”, estando la época en cuestión signada nada menos que por el accionar de organizaciones terroristas como ERP y Montoneros.
     Pero la mayor de todas las capciosas omisiones, y la que justamente originara mi reacción al respecto, es la que tiene que ver con el saldo más desastroso que legara la infame gestión del mediocre Presidente Cámpora: esto es la derogación o anulación nada menos que de la Cámara Penal Federal, acaso el único organismo jurisprudencial existente en Argentina con competencia para juzgar y condenar tanto acciones como crímenes provenientes del terrorismo, lo que de hecho acabó por desplegar todo un manto de impunidad de norte a sur y de este a oeste en nuestro país, ya que miles de terroristas de un día para otro se hallaron libres de culpa y cargo y regresaron de inmediato a sus tenebrosas organizaciones armadas. La “democracia” de Cámpora, el mediocre, no sólo que arremetió con el más antidemocrático rigor posible al destruir una institución democrática imprescindible para el resarcimiento de la justicia, sino que de esta manera fue el primer gobierno de los setenta en darle forma al variable concepto de “terrorismo de Estado”, siempre que su gestión se puso a disposición, justamente, de los terroristas. En el infeliz filme de Página 12 nada de esto, en absoluto, se menciona ni por accidente.

Mi reacción

     Concluido el mentiroso documental, por primera vez desde que soy estudiante de Periodismo, me sentí impelido a levantar mi mano. Y todas las cositas anteriormente detalladas, una por una, fueron manifestadas con leve ánimo de protesta.
     De más está decir… que casi me matan. Agradezco, por supuesto, a todos los compañeros que, más allá de pensar como piensen, guardaron silencio a la espera de que redondeara mis afirmaciones. Para el resto, si ya tenía algo de fama de “facho”, ahora soy Hitler en persona. ¿Y por qué? Simplemente por pedir la palabra y decir que el documental que acabábamos de ver estaba lleno de omisiones, por supuesto que ofreciendo argumento estrictamente calibrado, documentado y conocido por cualquier persona en Argentina que husmee un poco de historia.
     No faltó el zanguango (de esos que sobran por los establecimientos académicos) que me reprochara que “no todos pensamos como vos”.
     En rigor, tiene razón. Por supuesto que no todos piensan como yo, y por supuesto que nunca van a pensar como yo mientras que conozcan sólo una parte de la historia rica en mentiras y omisiones; por supuesto que nunca van a pensar como yo, si yo no pertenezco a ningún gremio ni partido ni absolutamente nada ni nadie me ordena qué es lo que tengo que pensar; por supuesto que no van pensar igual a mí, mientras que yo jamás en la vida tendría la caradurez de hacerle perder el tiempo con un cuentito de hadas a un trabajador que luego de trabajar diez horas al día asiste a una clase de periodismo para realizar el sueño de convertirse en un profesional; por supuesto que no van a pensar ni remotamente parecido a mí, si mi pensamiento es libre, serio y comprometido con la más estricta contabilidad de hechos históricos fehacientes y documentados, mientras que el pensamiento de muchos – profesores y alumnos – se halla completamente condicionado por lecturas capciosas, resabios partidarios, resentimientos de todos los colores, espurios intereses académicos.
     En definitiva, por supuesto que no van a pensar como yo… Es decir, como una persona que trabaja y que siente que le han faltado soberanamente el respeto al ofrecerle un detalle mentiroso de nuestra historia reciente, nada menos que en una clase de Periodismo, donde a la inversa de generar profesionales independientes se promueve el partidismo, el resentimiento y la miopía absoluta de sus alumnos. Repito, para finalizar, lo mismo que dijera en aquel desastre que se armara en clase por denunciar sendas omisiones del documental: señores profesores, por favor, ya no insulten más el lugar que ocupan y tengan la viveza – aunque sea – de respetarse más a sí mismos.
     Tal vez, sólo con eso… ya sea posible sentarse a debatir de verdad [3] [4].


[2] Agustín Laje Arrigoni es un investigador y escritor cordobés autor de "Los Mitos Setentistas" (ver entrevista al respecto).
[3] Pido perdón al lector interesado por evitar dar nombres de profesores e institución académica a la que asisto como alumno, pero de ninguna manera es mi intención ensuciar el nombre de nadie ni mucho menos complicar su trabajo. Si alguna vez elevo queja al  Ministerio de Educación, entonces sí, deberé ser más explicativo al respecto.
[4] Deberé dejar constancia de que, como consecuencia de la repercusión que tuviera mi editorial de nombre "La educación 'camporizada'" donde, entre otras, se cuestionan los actuales métodos educativos en torno a la enseñanza del periodismo), mantuve una conversación privada con el profesor de la cátedra en que fuimos instados a ver un documental sobre la vida del ex Presidente Héctor Cámpora.

Es fuerza mayor decir que muy amable y caballerosamente el profesor se lamentó por el nivel de virulencia que cobrara el altercado que se refiere en "La educación 'camporizada'" (en la que él participara sólo como mediador), negó por completo todo rigor partidista en lo que respecta - al menos - a su cátedra y me garantizó absoluta libertad para que mis opiniones tengan el mismo peso y espacio que la de cualquier otro alumno. “Yo me quedé mal por la discusión de la otra vez, y seguramente vos también te quedaste mal”, sus textuales palabras. “Te aseguro que de ninguna manera mis clases tienen por finalidad hacer política”.

Debido a que el artículo en cuestión no revela nombres, cátedra ni institución, y que – por otro lado – es fiel reflejo, en definitiva, de lo que me acontece hace más de cuatro años (con otras materias, otros temas, otros docentes), estimo correcto no alterar sus apreciaciones aunque, como persona democrática que soy, debo suscribirle esta misma aclaración en virtud de la amigable charla que compartí con mi profesor, a quien agradezco inmensamente su consideración y caballerosidad.

Sólo con charlas así es posible augurar un proyecto profesional común.



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